
El michoacano dijo que el formato del Informe es anacrónico, pero ayer los aplausos y elogios, similares a los del priismo, lo contradijeron.Tímidas al principio, las porras a Felipe Calderón cobraron fuerza en la medida que caminó al centro del templete. Tres mil 500 invitados —entre alcaldes panistas, legisladores del blanquiazul, embajadores, empresarios, consejeros del PAN, integrantes del gabinete presidencial y casi todos los gobernadores— aplauden.
Un encuentro en familia para arropar a Calderón que, en la sonrisa y los saludos, se nota que disfruta el momento, los gritos que corean su nombre, la música alegre de una banda militar.
El patio central de Palacio Nacional está lleno, al igual que los balcones de los pisos superiores. Las imágenes de invitados aplaudiendo, de manos que se extienden para tratar de saludar al Presidente, se reproducen en una pantalla gigante a la izquierda del templete.
Atrás quedaron los presagios de una ceremonia tormentosa en el Informe presidencial y las amenazas de impedir a Calderón subir a la tribuna de la Cámara de Diputados. Lejos se ve el día de su protesta como Presidente y prácticamente borrada queda la foto de su antecesor, Vicente Fox, cuando hace un año no pudo entrar al salón de sesiones de San Lázaro y se quedó en el vestíbulo.
Ausentes PRI y PRD, controladas por miles de policías las protestas de unos 300 perredistas en la plancha del Zócalo, el encuentro transcurre con tranquilidad, casi con la tersura de otros tiempos.
Todo parece estar a modo. La perredista Ruth Zavaleta, presidenta de la Cámara de Diputados, cedió su lugar al panista Cristian Castaño. En el presidium aparecen tres gobernadores del PRD, y hasta callaron los cohetes, como los que antes de la ceremonia tronaron los manifestantes del Zócalo.
Al inicio de su discurso, Calderón reconoce que el protocolo de hablar al país en una sesión solemne está agotado y es necesario modificarle. Pero eso fue lo que ocurrió ayer, cuando la unanimidad de los aplausos recordó imágenes vividas en otra época, la que se dijo estaba superada.
Porque ayer Felipe Calderón tuvo su Día del Presidente.
Fidel Herrera y Ulises Ruiz departen, bromean y sonríen, felices. Están a gusto, contentos de compartir asientos de primera fila. Por momentos el gobernador de Oaxaca levanta una mano y saluda, mientras su compañero de Veracruz reprime un bostezo. Y así, a lo largo de toda la ceremonia.
Son la nota discordante en la hora con 17 minutos que duró el mensaje, durante el cual destacaron los que no llegaron tanto como quienes atendieron la convocatoria.
Vacías quedaron las sillas de Marcelo Ebrard, Amalia García y Lázaro Cárdenas Batel. Atentos, Narciso Agúndez, de Baja California, Zeferino Torreblanca, de Guerrero, y Juan Sabines, de Chiapas.
Zavaleta dijo que nada la obligaba a asistir. Al ver a tres gobernadores perredistas aplaudir a Calderón, la frase podría ser al revés: a ellos parece que nadie les obligó a faltar.
A unos metros de los gobernadores de Oaxaca y Veracruz, el Presidente lee su mensaje.
Un texto conciliador, con frecuentes llamados al diálogo y la formulación de acuerdos; crítico al advertir que al país tiene sólo nueve años de reservas probadas de petróleo, primera vez que un mandatario mexicano reconoce la dimensión de la emergencia.
Pero sobre todo es un mensaje pródigo en la lista de los apoyos ofrecidos a la población marginada. Es uno de los ejes de su discurso, atender primero a los pobres.
México no puede esperar más, llegó la hora de pagar la deuda con los que menos tienen”, dice, y la respuesta es un aplauso, el número nueve de los veinte que le prodigaron sus invitados.
El más largo duro dos minutos y se ofreció de pie, cuando Calderón criticó el maltrato de Estados Unidos a los indocumentados mexicanos en ese país.
Cosas de la política. En otros tiempos criticar a la Casa Blanca era un recurso de los presidentes para ganarse aplausos y ovaciones. La fórmula sigue vigente.
Casi al final, el michoacano reitera su llamado a trabajar juntos para terminar con la desigualdad y la creciente inseguridad pública.
Es una responsabilidad compartida que nadie, subraya, puede eludir.
Luego, en tono vehemente, demanda que la imparcialidad exigida al Presidente “y que asumo a plenitud, sea igualmente exigida y respetada por todas las autoridades en los diversos órdenes de gobierno”.
Los invitados aplauden, otra vez. Fidel Herrera y Ulises Ruiz intercambian otra broma. Sonríen de nuevo.
El patio central de Palacio Nacional está lleno, al igual que los balcones de los pisos superiores. Las imágenes de invitados aplaudiendo, de manos que se extienden para tratar de saludar al Presidente, se reproducen en una pantalla gigante a la izquierda del templete.
Atrás quedaron los presagios de una ceremonia tormentosa en el Informe presidencial y las amenazas de impedir a Calderón subir a la tribuna de la Cámara de Diputados. Lejos se ve el día de su protesta como Presidente y prácticamente borrada queda la foto de su antecesor, Vicente Fox, cuando hace un año no pudo entrar al salón de sesiones de San Lázaro y se quedó en el vestíbulo.
Ausentes PRI y PRD, controladas por miles de policías las protestas de unos 300 perredistas en la plancha del Zócalo, el encuentro transcurre con tranquilidad, casi con la tersura de otros tiempos.
Todo parece estar a modo. La perredista Ruth Zavaleta, presidenta de la Cámara de Diputados, cedió su lugar al panista Cristian Castaño. En el presidium aparecen tres gobernadores del PRD, y hasta callaron los cohetes, como los que antes de la ceremonia tronaron los manifestantes del Zócalo.
Al inicio de su discurso, Calderón reconoce que el protocolo de hablar al país en una sesión solemne está agotado y es necesario modificarle. Pero eso fue lo que ocurrió ayer, cuando la unanimidad de los aplausos recordó imágenes vividas en otra época, la que se dijo estaba superada.
Porque ayer Felipe Calderón tuvo su Día del Presidente.
Fidel Herrera y Ulises Ruiz departen, bromean y sonríen, felices. Están a gusto, contentos de compartir asientos de primera fila. Por momentos el gobernador de Oaxaca levanta una mano y saluda, mientras su compañero de Veracruz reprime un bostezo. Y así, a lo largo de toda la ceremonia.
Son la nota discordante en la hora con 17 minutos que duró el mensaje, durante el cual destacaron los que no llegaron tanto como quienes atendieron la convocatoria.
Vacías quedaron las sillas de Marcelo Ebrard, Amalia García y Lázaro Cárdenas Batel. Atentos, Narciso Agúndez, de Baja California, Zeferino Torreblanca, de Guerrero, y Juan Sabines, de Chiapas.
Zavaleta dijo que nada la obligaba a asistir. Al ver a tres gobernadores perredistas aplaudir a Calderón, la frase podría ser al revés: a ellos parece que nadie les obligó a faltar.
A unos metros de los gobernadores de Oaxaca y Veracruz, el Presidente lee su mensaje.
Un texto conciliador, con frecuentes llamados al diálogo y la formulación de acuerdos; crítico al advertir que al país tiene sólo nueve años de reservas probadas de petróleo, primera vez que un mandatario mexicano reconoce la dimensión de la emergencia.
Pero sobre todo es un mensaje pródigo en la lista de los apoyos ofrecidos a la población marginada. Es uno de los ejes de su discurso, atender primero a los pobres.
México no puede esperar más, llegó la hora de pagar la deuda con los que menos tienen”, dice, y la respuesta es un aplauso, el número nueve de los veinte que le prodigaron sus invitados.
El más largo duro dos minutos y se ofreció de pie, cuando Calderón criticó el maltrato de Estados Unidos a los indocumentados mexicanos en ese país.
Cosas de la política. En otros tiempos criticar a la Casa Blanca era un recurso de los presidentes para ganarse aplausos y ovaciones. La fórmula sigue vigente.
Casi al final, el michoacano reitera su llamado a trabajar juntos para terminar con la desigualdad y la creciente inseguridad pública.
Es una responsabilidad compartida que nadie, subraya, puede eludir.
Luego, en tono vehemente, demanda que la imparcialidad exigida al Presidente “y que asumo a plenitud, sea igualmente exigida y respetada por todas las autoridades en los diversos órdenes de gobierno”.
Los invitados aplauden, otra vez. Fidel Herrera y Ulises Ruiz intercambian otra broma. Sonríen de nuevo.
Alberto Nájar


1 Comentarios:
Hola!
Pues si... al final se salio con la suya, otra vez...un informe que de todas maneras me importa muy poco, se hizo a su modo y conveniencia, en lo personal no lo lamento demasiado (yo ni perredista soy) pero me queda claro que es un retroceso, es cierto que las versiones pasadas del informe resultaban mas bochornosas que nada, en gran medida por que se comportan como animales, con respeto a los animales......
A pesar de ello el informe debe darse, como un ejercicio de libertad y de poder no estar de acuerdo...la mimica de un informe solo pa mis compas no me cuadra....
Edson.
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